

Son las 7,40 horas, voy rumbo a mi trabajo, una escuela rural para Nivel Polimodal, ubicada a 25 kilómetros del pueblo, en la “Colonia 17”.
Siempre la veo, con su gorrito de lana, su buzo y no mucho más, la veo correr siempre con entusiasmo a esa misma hora, tan repetidas que me acostumbré a su presencia y también a su saludo.
Siempre la veo, con su gorrito de lana, su buzo y no mucho más, la veo correr siempre con entusiasmo a esa misma hora, tan repetidas que me acostumbré a su presencia y también a su saludo.
Hoy corre hacia el mismo lugar para donde mi auto se dirige y faltará ese levantar las manos al que nos hemos acostumbrado. Es un ritmo sostenido, firme, producto de 6 años de trote madrugador y sistemático.
Decido parar y charlar con ella, se la ve saludable y linda, tiene ojos marrones y tez muy blanca.
Le pregunto sin mas cuanto corre y porque lo hace.
Se detiene y me mira calidamente pese al frío de la mañana, pese a la helada brutal y al blanqueo de las cunetas. Su voz surge entre vapores, como si me hablara con el alma, pero es por el frío, o quizás es por el alma. No lo sé.
Lo que me dice es mas que lo que dice. Me habla de vivir tranquilo, de lo que hace bien, de cuidarse, del tiempo “para uno”, me habla de ella y sin querer también siento que nos habla a muchos, también a mí, me aconseja sin consejos, me orienta sin nortes, me educa sin instrucción, me quiere sin caricias.
Corre entre 4 y 5 mil metros diarios , siempre cuando “despunta” el sol.
Se llama Dora Gallardo y me aclara con orgullo “viuda de Cagnone”. Es lo último que dice y me da la espalda reiniciando su trote, aunque primero me dio la cara…y la palabra.
Dora tiene 73 años. No se detiene. Corre.

Comentarios
Decime cómo puedo hacer para conseguir tu libro, quiero dárselo a la gente de la APDH de mi provincia.
Un abrazo
saludos