martes, 3 de septiembre de 2013

ESMA: LA COMIDA Y LA VIDA


Como integrante del proyecto JOVENES Y MEMORIA que se realiza todos los años en la Provincia de Buenos Aires, he tenido oportunidad de visitar varias veces la ESMA: en algunas ocasiones para mostrar el producto final que los alumnos habían logrado (aunque siempre lo importante es el proceso de investigación y el nuevo paradigma de aprendizaje que supone), otras veces como capacitando, concurriendo a seminarios muy variados y ricos.
Recuerdo a mis alumnos felices exponiendo el ùltimo de los proyecto en forma de video documental llamado “MUCHA SOJA, POCO TRABAJO”, el intercambio con compañeros de otras partes del paìs, el escuchar los trabajos de otros colegios y el poder charlar con docentes compañeros.
La comida y la bebida siempre formò parte de estas situaciones, el choripàn tambièn y jamàs nadie hizo hincapié en que ese acto (en una ESMA recuperada del horror y puesta al servicio de la verdad, la justicia y la memoria) pudiera siquiera rozar la memoria y la lucha de los desaparecidos y de los que pudieron salvar su vida pasando por ese centro clandestino de detenciòn.

Esos 35 edificios que antes albergaban las madrigueras del horror, la muerte sistemàtica, tecnològica, brutalmente frìa, hoy son otra cosa y solo quien los ha podido recorrer saben de que hablo.

La ùltima vez que estuve fue el año pasado cuando fui invitado junto a varios docentes de la Provincia de Buenos Aires a un seminario sobre MALVINAS, donde la temàtica no se quedò precisamente en la geografìa de las islas, sino en tema aùn inconcluso de la SOBERANIA, inconcluso y amplio, tan amplio como uno pueda pensar un paìs soberano y las acciones polìticas que hoy deben realizarse para materializarla. Fue muy bueno.

Funcionaron 3 grandes carpas: una con los seminarios propiamente dichos, otra como carpa comedor donde uno recibìa una suculenta vianda y la tercera dedicada a todo lo administrativo: acreditaciones, certificados, pago de viàticos y todo eso.

Cuando salìamos entre ponencia y ponencia la comida estaba presente, junto con el mate que cada uno habìa acarreado desde sus pagos y todo estaba bien, el espacio realmente se habìa recuperado, los docentes sentados en los cordones, eramos los dueños del lugar.

 Por supuesto que si uno visita la parte del àtico del Casino de Oficiales, el tercer piso, donde estaban las “cuchas” para los entabicados que después serìan tirados al mar (previo calmante que burlonamente llamaban pentonaval), allì a uno no se le ocurre comer y ademàs està claramente prohibido. Y està bien que asì sea. Pero en el resto del predio la vida latìa.
Estoy escribiendo después de ver el tratamiento de la noticia que hizo TN al respecto de una visita guiada que tuvo lugar este ùltimo sàbado , donde un ex detenido sobreviviente  de la ESMA tuvo algunos cruces con integrantes de la agrupación HIJOS, que-segùn TN- estaban con algunos funcionarios de la Secretarìa de Derechos Humanos de la Naciòn, preparando un asado al aire libre”. Otra vez la comida y ademàs, estaba una murga practicando.
¿Acaso no recorrieron todo el predio? Hay salas de cine, de teatro, lugares para exposición de esculturas y pinturas, salas de conferencia y por supuesto lugares para todo tipo de manifestación artìstica que glorifica la vida y le hace pito catalàn a la muerte.
En el luegar mas bonito del predio remodelado, de hecho hay un barcito donde uno puede sentarse y degustar lo que haya llevado o lo que quiera pedir. 

Cuando escribìa mi propia vivencia me vino a la mente un pàrrafo de una sobreviviente de la ESMA, Se trata de “Poder y desaparición: Los campos de concentración en Argentina” de PILAR CALVEIRO.
El pàrrafo forma parte del sugestivo tìtulo; “La vida entre la muerte”. Allì Calveiro habla precisamente de “la comida”.
Lo dice asì: 

“La comida era sòlo la imprescindible para mantener la vida hasta el momento en que el dispositivo lo considerara necesario; en consecuencia, era escasa y muy mala. Se repartía dos veces al día y constituía uno de los pocos momentos de cierto relajamiento. 
Sin embargo, en algunos casos, podía faltar durante días enteros; por cierto muchos testimonios dan cuenta del hambre como uno de los tormentos que se agregaban a la vida dentro de los campos.
 La comida era desastrosa o muy cruda o hecha un masacote de tan cocinada, sin gusto. Estàbamos hambrientos, habìamos aprendido tan bien a agudizar el oìdo, que apenas empezaban los preparativos, allà lejos, en la entrada, nos desesperàbamos por el ruido de las cucharas y los platos de metal y del carrito que traìa la comida.
 Se puede decir, casi, que vivìamos esperando la comida, la hora del amuerzo era la mejor, por eso apenas terminàbamos y cerraban la puerta, comenzàbamos a esperar la cena.
Por la escasez de alimento, por la posibilidad de realizar algunos movimientos para comer, por el nexo obvio que existe entre la comida y la vida, el momento de comer es uno de los pocos que se registra como agradable, poco a poco, comencè a esperar la hora de la comida con ansiedad, porque con la comida volvía la vida a travès del ruido de ollas, con el ruido de la gente. 
Parecìa que la cuadra donde estàbamos los prisioneros despertaba entonces a la existencia.”

No sè, quizàs ayude al debate. Mi propio testimonio de cómo vivì varias veces, el comer en la ESMA y el impecable relato de Pilar Calveiro, donde vida y comida, iban juntas.