domingo, 8 de noviembre de 2009

MURIO FELIX LUNA: TODO ES HISTORIA.


Hoy el diario Clarín publicó una serie de textos del historiador Félix Luna, recientemente fallecido. Es presentando diciendo que fue redactor del diario entre 1964 y 1973, destacandolo como escritor, periodista y ensayista de fuste.

El diario, ofrece una serie de textos para recordarlo. Tengo prácticamente toda la colección de “Todo es Historia” cuando él fue el director y lo considero un hombre respetable en su profesionalismo, aunque sus escritos no resultaban siempre de mi agrado.
Siempre me impresionó por ejemplo, el prólogo que Félix Luna hizo en 1986, sobre el trabajo “SOLDADOS DE PERON. Historia crítica sobre los montoneros”, del profesor inglés Richard Gillespie.

Dice allí:

“De este modo, Montoneros se fue convirtiendo en dueño de algo que parecía la verdad justicialista. Acostumbraron a las masas al sabor de la violencia: cada acto sangriento era aplaudido por la gente a la que ni el propio Perón en su época presidencial, había arrastrado a esos territorios. Y la mentira inicial de Montoneros se completó con otra, que el mismo Perón se complació en dejar elaborar: la idea de que el líder justicialista era un revolucionario, una suerte de Mao o de Fidel que habría de motorizar una transformación tan vasta como la de estos conductores en cuanto se pusiera al frente de los destinos del país.



Lo que empezó con una mentira y se continuó con otra, lo que se llevó adelante con métodos violentos, fascistas, no podía tener otro fin que el que tuvo.
Quiero decirlo sin atenuar mi juicio con ningún matiz exculpatorio: los Montoneros me repugnaron siempre. Por sus métodos en primer lugar, pero además por sus pueriles y contusos objetivos y hasta por la calidad humana de sus dirigentes. No siento la menor admiración por ellos. Sin duda, algunos militantes fueron valientes, pero otros muchos demostraron flojedad cuando llegó el momento de hacer frente a fuerzas oficiales o paraestatales. Una cosa era pegarle un tiro a Aramburu en el sótano de una estancia abandonada, o copar un pueblito de la sierra cordobesa, y otra muy distinta enfrentar el poder de un Estado que, tal como hacían sus enemigos, no quiso limitarse con ninguna norma ética.



En esta coyuntura, donde no se trataba de asesinar a gente inerme o ensayar operaciones sorpresivas sino de matar o hacerse matar, los Montoneros demostraron la debilidad de sus convicciones, las fallas de su formación teórica, las equivocaciones de su estrategia y la insinceridad de su adhesión a una postura política adoptada por oportunismo.


Ahora se sabe lo que vagamente se intuía en la época de Videla: la increíble colaboración de muchos ex montoneros en la delación de sus antiguos compañeros. Pocas veces se habrá dado en nuestra historia el ejemplo de traiciones tan miserables como éstas. La huida final de sus principales jefes, dejando en la estacada a su segunda línea, las órdenes que enviaron a la muerte en 1978 a dirigentes castigados por sus disidencias, la tilinguería de su conducción en el exilio, ocupándose del ceremonial militar de la organización, completan la caracterización de la catadura moral del grupo.



Un grupo que, no lo olvidemos, alcanzó a manejar la Juventud Peronista, se apoderó de la universidad y estuvo, aunque brevemente, en la intimidad del poder argentino en 1973. Por lo mismo, encuentro incomprensible que intelectuales que habían hecho un ejercicio cotidiano del pensamiento racional, hayan asesorado y aún compartido responsabilidades operativas con un grupo cuyo proselitismo se fundaba en la muerte. No puedo asumir que, enfrentados a un régimen militar, se mimetizaran con lo castrense en el lenguaje, la gradación jerárquica, el protocolo y la vocación por los uniformes.



Hallo injustificable la actitud de políticos, artistas, sacerdotes, gremialistas, periodistas y otros que, por esnobismo o cálculo, contribuyeron a crear un clima de simpatía hacia Montoneros o pretendieron dar jerarquía política a cónclaves donde se procesaba secretamente a determinados personajes, se los condenaba a muerte y se ejecutaban tales sentencias. ¡Muy enfermo debió estar nuestro país para que ocurrieran estas aberraciones¡”



El texto de Luna, aunque intenta distinguir a Perón de los Montoneros, deja en claro un profundo antiperonismo y al mismo tiempo, un análisis parcial, incompleto y sesgado de aquel momento histórico, descontextualizado, voluntarista y en muchos sentidos, oportunista. Gillespi y su trabajo permitieron que Félix Luna dijera, lo que tuvo atragantado durante mucho tiempo.
No es esperabale una justificación del accionar Montonero, por otra parte no es tarea de los intelectuales hacerlo , aunque sí favorecer la comprensión de las desiciones tomadas como militantes situados en una Argentina que desde 1955 se había construido con la violencia política como paisaje cotidiano. Lo que no puede hacerse es minimizar el análisis de esta organización y precisamente, es lo que emana de esta intervención en el prólogo, simplificar al extremo e intentar el anacronismo de, aplicar el contexto de 1986 (cuando lo escribe ) a la tormentosa y compleja década del 70 y a uno de sus principales actores políticos del momento: Montoneros.